domingo, 6 de septiembre de 2009


Cómo llueve, ¿no? Y en esta época del año… Qué raro. Parece el presagio de algo. La previa a una gran explosión, tal vez. Desde luego me siento como si así fuera, aunque nada más lejos de la realidad, ya lo sé. Estoy tan lejos. No hay signos de manifestación, no hay bailes ni vuelcos al corazón ni cantes, ni sonrisas de esas que no quieren ser descubiertas. No hay compatibilidad entre eso y la vida real. Cuando vivo, camino y soy, estoy a años luz; en cada contacto me alejo del mundo. No se puede tener todo, suelen decir…

Salgo a la calle para no pensar; no me concentro, y esas paredes han vuelto a asfixiarme como cada tarde. Salgo y no me acuerdo de la lluvia. Tampoco me disgusta un poco de frescor, últimamente estoy que ardo en todos los sentidos. No veo a nadie, parece que empieza a asfixiarme también la ausencia de una pared familiar. Si miro al cielo no veo nada, todo está blanco. Un techo blanco de nubes enfadadas que lloran y lloran… Me doy cuenta de que estoy encerrada en este mundo y de que no puedo hacer nada para salir de él. [...]

Un trueno acaba para siempre con mi absurdo lamento. ¡Menos mal! Sigo diciendo que son los tambores que anticipan su llegada. La llegada de lo más grande. Quizás hoy sea el día, tal vez mañana, sí, puede que pronto. El cortocircuito, culmen de todos esos impulsos eléctricos, el kaboom definitivo después de tantos latidos, ese pinchazo pues el globo ya no puede inflarse más. Entonces me acercaré y le miraré desde muy cerca, cerquísima, como sólo yo puedo mirarle, escupiendo mis pensamientos por las pupilas hasta llorar por el esfuerzo, contándole en cada parpadeo todo lo que nunca he dicho…

Llego a casa y el hastío se apodera de mí como siempre. Me siento en la cama y rememoro todas mis decisiones de esa tarde. Ya no llueve y el cielo ha dejado de gruñir. Ahora sé que no, que todo era una falsa alarma. No hubo carrera oficial, no hubo carros de combate ni trompeta que tocara el séptimo de caballería. Todo se viene abajo, y un suspiro me dice que mañana será otro día. Calma tras la tempestad… Entonces cojo la guitarra y mis dedos se deslizan solos por las cuerdas, con todo el cariño de quien quiere dar y no se deja, del deseo no expresado, de mil revoluciones más de la cuenta que quedarán selladas en hojas manchadas de sangre invisible que sólo puede leerse. Me desvanezco poco a poco, invento una canción que le canta que si pudiera leerme en todas estas tardes ennegrecidas por la melancolía, se entregaría por completo a mi tristeza, y en cada lágrima de lluvia viajaría un lamento mío y una súplica del desconocimiento suyo, maldita sea, que si él supiera… Que si tú supieras…

4 comentarios:

Juan Grako dijo...

es tuyo esto?? me gusta...tristona!

IRENE••• dijo...

es mio, pero no autobiográfico, asi que no empieces a llamarme emo ya que todavia queda todo el curso por delante :( xD

Marta dijo...

me lo has quitao de la boca jop¡¡¡




ya queda menos pa CAMELARRRRRRR¡¡¡¡¡¡

Marta dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
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