sábado, 15 de mayo de 2010

Cementerio.


Solitario y silencioso. Normal, está lleno de cadáveres. El gorjeo de un pájaro negro le daba un toque peliculero a mi paseo de esta mañana. Debería hacerlo más a menudo. Unas horas para mí, para pensar, para mirar.
Las primeras calles son aburridas. Nichos, nichos y más nichos, al principio leía de vez en cuando los epitafios, pero todos venían a decir lo mismo y me cansé pronto. No era como en aquel cementerio de Runnymede, en el que cada epitafio parecía un poema. De pronto vi una tumba con la lápida rota. Estaba prácticamente abierta, y dentro sólo había oscuridad. Me sorprendí a mí misma caminando más rápido que de costumbre para salir de esa calle... A su vez pensaba "Qué tontería, ahí dentro sólo hay muertos. Nunca he estado tan a salvo como entre estos muros." Sin embargo, confieso que no me volví ni para mirar atrás.

Sólo me he cruzado con un par de viejecitas, un señor muy elegante y tres vecinas del barrio, que me han saludado con una expresión un poco extraña en la cara. Ah, también había allí un grupo de personas enterrando a un familiar. No me he acercado (pese a lo que pueda parecer no soy tan morbosa). De todo el género humano presente esta mañana en el cementerio, sólo una señora me ha parecido digna de atención. Tendría unos setenta años, vestía con un traje violeta y llevaba un moño de peluquería. Se afanaba en limpiar una tumba en la que había colocado unas flores naranjas. Frotaba enérgicamente con un trapo que había sacado de su bolso, el cual estaba ahora colgado sobre un brazo de la cruz de la tumba de al lado. Mientras tanto no paraba de parlotear en voz baja, gesticulando con una mano, sin cesar en su tarea de limpieza. Al rato paró, recogió sus cosas y se fue. La seguí disimuladamente, jugando con ella a los espías. Caminaba entre las tumbas y se detenía de vez en cuando ante una, susurraba algo y después continuaba su paseo. Quise acercarme más para escuchar qué decía, pero en un momento ella se dio la vuelta, me miró cocentrando su atención en la cámara que colgaba de mi cuello, y se marchó de allí murmurando. Seguramente pensara algo así como "esta juventud ya no tiene respeto ni por los muertos". Ahí, echando fotos. Qué vergüenza.

Además de todos los ya nombrados, estaban los gatos. He visto unos 8 ó 9. Sucios, tuertos, viejos, pero bien gorditos... alguien se dedica a darles de comer, de eso estoy segura. Se paseaban elegantemente entre las tumbas, se tendían sobre ellas y me miraban con sus fríos ojos de duelo. Esa es su casa. Yo soy una intrusa que los está mirando más de la cuenta. Creo que su lugar favorito del cementerio es la zona en la que está enterrado un batallón de infantería entero, "
heróicos soldados que murieron por la Patria". Los he visto muchas veces allí, sobre el mármol atravesado con cruces de madera, tomando el sol. A los gatos no les importa sentarse sobre los muertos, porque ellos son una raza superior a nosotros que sabe aceptar la muerte como el único destino certero y universal. Las personas no hemos aprendido todavía a vivir sin pensar en el fin constantemente, y buscamos maneras absurdas de aferrarnos a la vida, y guardamos nuestros restos vacíos tras un bloque de piedra, y esperamos que los que nos quieren vayan a visitarnos y a hablar con nosotros, como hace la señora de violeta, y nos lleven flores, porque somos tan egocéntricos que hasta después de muertos queremos ser centro de atención.
Me ha dado tiempo a reflexionar sobre muchas de estas cosas esta mañana. Más bien se diría que he re-reflexionado sobre aspectos que ya había discutido en otras ocasiones, pero esta vez con pruebas palpables. La hipocresía del ser humano. Para demostrar que no los olvidas, a tus muertos les compras la tumba más bonita, y les grabas una inscripción que hable bien de ellos (porque, por si no lo sabíais, una vez uno muere se convierte en santo... ya puede haber sido el demonio en vida que después sólo se hablarán cosas buenas de él, ¿cómo vas a decir cosas feas de un muerto?). No queda ahí, porque para seguir demostrándolo tienes que cuidar que siempre tenga flores, flores bonitas, y quitarlas cuando se marchiten, que dan mucha pena las tumbas con flores mustias. Pero estamos demasiado ocupados con nuestras vidas como para estar pendientes de llevar y traer flores, así que hace algún tiempo alguien tuvo una idea revolucionaria: ¡las flores de plástico! Como no se marchitan, todo el mundo pensará que te acuerdas mucho de tu muerto porque siempre tiene flores sanas, seguro que desde ahí arriba él estará contento de tener siempre flores en su nicho. Tampoco duran para siempre, pero para eso ya está el 1 de Noviembre, se cambian y punto, una vez al año no hace daño. Y si te preguntan, dices que no te hace falta llevarle flores para acordarte de él... y es que realmente es así, pero tú le has puesto una tumba con flores porque es la tradición.

Interesante paseo y una conclusión curiosa: hasta entre los muertos hay problemas de clases. Suntuosos panteones frente a sobrias cruces clavadas en la tierra. Y no os creáis, están igual de muertos los dos. Igual de muertos.

4 comentarios:

Antonio dijo...

chapeau

Cristina dijo...

Cementerios... Sólo los pisé cuando era una niña, jugando a encontrar huesos en el huesario.
Ahora no quiero ni verlos. Sé que dentro no puedo estar más segura, pero... no puedo no puedo.

Juan Grako dijo...

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.


La ciudad de los muertos es un reflejo negro de la ciudad de los vivos.

marta pug dijo...

Los cementerios nunca mais,
lo que no se hace en vida por tu ser querido es absurdo y asqueroso intentar solventarlo con unas ridículas flores.



prefiero ser polvo dentro de un taperware de esos

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