martes, 9 de febrero de 2010

Hasta nunca.

(Juro y perjuro que cualquier parecido con cualquier canción de La Fuga es pura coincidencia, jé)

Nunca es buena señal un "hasta nunca"...
Frío hielo para mi copa, eso fue lo que te pedí, y no que me congelaras la mente con un duelo de sonrisas. No te pagué para que acabaras bailándome sobre la barra de madrugada -que la vida me libre de pagar para ese tipo de cosas-, puertas y ventanas cerradas, iluminada sólo por un neón que teñía de verde flourescente lo blanco de tus ojos, dándote un ligero aspecto diabólico.
Parecía un día más, otro viaje, otro bolo, otro bareto, otra camarera. Y sin embargo desde arriba, al distinguirte entre el público, tan ajena, tan entregada a tu labor de servir copas y quitarte moscardones de encima, desafiné a mitad de la canción. Supe comprender que aquella noche estaba marcada en el calendario con rojo, como tu falda, como tu carmín.
Nunca invertí en amores de una noche mi locura. Jamás he soñado con despertares agrios con desconocidas, ni polvazos de escándalo en el servicio de un bar, sin besos en la boca y sin mirarse a la cara. Pero desde la primera copa, aún sobrio, supe que tú no eras una desconocida. ¿Sabes esas almas que vagan por caminos perdidos del inconsciente, y a veces se cruzan de pronto? Te vi en un sueño. Sólo pudo ser eso.
A lo largo de la noche te miré trabajar. Sentí celos de cada uno de los borrachos que te pedían otra cerveza. Contemplaba cada movimiento de tu muñeca al abrir una botella, al girar el grifo, al limpiar con un trapo el estropicio de las copas derramadas. Y por hacerme notar, por lograr tu atención, yo también bebí, bebí y me autoinvité a más tragos de la cuenta. Tú también me mirabas, lo sé. Lo supe con certeza un poco después, cuando jugabas con tu dedo sobre la tela de mi camisa. Y cerramos el bar, y la noche se hizo corta.

Hoy me dolía la cabeza. Espejismos de una camarera por el pasillo de mi casa frustraron lo que habría sido una tranquila tarde de resaca. Me dediqué a hacer esfuerzos por reconstruir la noche. Traté de evocar el tacto de tu pelo cuando se enrredaba entre mis dedos, el sabor de tu pintalabios y el bodegón precioso que formaba nuestra ropa por el suelo, tus gritos, tu risa nerviosa cuando algo te gustaba. Y guardarlo todo para mí, para tenerlo siempre en mis recuerdos. Sin embargo se me escapaban matices, y cada vez que estaba a punto de lograr una nueva pieza para mi puzzle, se repetían en mi oído tus palabras, pronunciadas con la voz de nadie, porque ni siquiera tu voz podía recordar. "En casa alguien me espera", arrastrando, "llego tarde", a cámara lenta, "hasta nunca"...
Así fue como me echaste del bar y, aún escuchándote como un eco que me perseguía, llegué a esta habitación de hotel dando tumbos.

Nunca es buena señal un "hasta nunca", decía.
Tuve que hacerlo la siguiente noche. Volver al bar donde te vi y bridar contigo por lo que nunca seríamos. Y allí me presenté, ojeroso y aún perjudicado por la resaca, por más que busqué no logré encontrarte. En tu lugar hallé a un camarero gordo y calvo que, con un palillo de dientes en la boca, me miraba inquisitivamente, como preguntándose qué coño buscaba. Yo que tenía mi discurso preparado. Yo, que iba a prometerte cantar por ti hasta olvidarme.
- Ponme una copa más.
La quiero olvidar, pensé.
- Amigo, te advierto que cerramos a las 12. Hoy es domingo.
"Libro los domingos", me habías sugerido la noche anterior, quizás a modo de invitación. Tonto, tonto...
"El lunes partimos", me había recordado mi compañero antes de salir del hotel.
Frustradas mis intenciones, sólo me quedaba beberme, por ti y por mí, las copas que contigo quería brindar, el whisky que tú tendrías que haberme servido, todo el líquido de las botellas voyeur que la noche anterior se lo habían pasado bomba con nuestro espectáculo.
Iban a cerrar. Ya era la tercera advertencia del barman. Entonces te oí decir "¿qué tal estás?". Opté por pensar que mi mente embriagada me jugaba una mala pasada, pero entonces te vi sentarte a mi lado en la barra, clavándome tus pupilas con la intensidad que yo recordaba. Ahora de espaldas al neón de la pared, tus ojos volvían a ser blancos y negros, y ya no parecías el demonio, más bien un ángel con el brillo del halo gastado.
- Cansado de viajar.
- Yo cansada de sentir cómo el tiempo se me va.
Nunca digáis "hasta nunca".

http://www.youtube.com/watch?v=ppXtWCgj_Xg

5 comentarios:

Marta dijo...

gracias, nunca olvidare las palabras de la mujer-pingüino

Poetademierda dijo...

Me E-N-C-A-N-T-A
¿Es tuyo?

IRENE••• dijo...

En cierta parte... en realidad es a medias entre el Rulo y yo, ya lo sabes :P

Ricardo León Castilla dijo...

Genial nena, me he sentido como un borracho más en aquel bar observando la escena.

Nisa n dijo...

it is very beautiful!!

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