jueves, 5 de mayo de 2011

Cerezos y naranjos.


En Sierra Morena no nieva casi nunca. Azahara miraba por las ventanas de su palacio buscando las cordilleras blancas que conocía, el pico del Mulhacén oculto en la niebla. Ese paisaje marrón y verde le horrorizaba y le hacía llorar. Él debió de darse cuenta y quiso buscar una solución a tal contratiempo. Pero su inmenso poder no alcanzaba el control sobre los elementos, ni podía congelar las lluvias sobre la sierra de Córdoba, ni recorrer tan rápido los kilómetros que la separaban de Granada para traer la nieve que ella añoraba sin que se derritiera.
Debió de ser un día soleado de primavera cuando vio por primera vez aquel paisaje nuevo, y seguramente pensó que habían cambiado de sitio el palacio mientras dormía. Amanecía a la falda de unos montes diferentes esa mañana. Blancos de naranjos y cerezos en flor, que él había mandado plantar a lo largo de la sierra sólo para verla sonreír.

A los oídos de la princesa Wallada llegó años después aquella historia y mirando de reojo hacia la puerta, esperando la llegada del mensajero que le trajera un nuevo poema, musitó: "qué suerte tienen algunas".


7 comentarios:

marta pug dijo...

le podríamos regalar una güena nevera de estas azules pa la piscina, asi podría traer nievecita fresquita cada vez que quisiera :3


ma dao fresquete con la nieve XD

Harry dijo...

Cerezos y naranjos, un mundo musulmán!

PD: era inevitable que soltara semejante frikada.

Juana la Loca dijo...

sabías que lo que planto el sultán fueron almendros?, en invierno florecen blancos que parecen que estubieran cubiertos de nieve....

Miguel Cobo dijo...

Cuando el azar se cruza con la vida, la genética lo perfuma con una h de hermosura. Así nace el azahar. En Córdoba. El resto es cuestión de inspiración. O sea, de respiración.

Besos.

Bubo dijo...

A mi me encanta esa historia. Lo que nadie cuenta y todos ocultaron fue la alergia tan bestial que se le descubrió ese mismo año.

Velero dijo...

Cuidado con el mayo cordobés.

Taulmaril dijo...

Cada vez que una persona quiere que le de una vuelta para enseñarle Sevilla, me pongo solemne cuando llego al patio de los naranjos de la Catedral, y le cuento una historia sin nombres y sin fechas. Solo hablo del príncipe musulmán enamorado de la princesa que lloraba.

Me encanta este cuento

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